MAZATLÁN._ La vida de Amalia Beltrán Cázarez respiraba los aires cotidianos de los matrimonios mexicanos.
Casada con Gilberto Morán Palomares, pasaba sus días en Ensenada, Baja California, cuando la brisa del mar y los tacos de camarón comenzaron a perder su sabor a felicidad.
Amalia soportó las dificultades económicas y las discusiones, incluso aguantó malos tratos, pero cuando las discusiones terminaron dejando moretones en su cuerpo, abandonó a su marido, hizo maletas y se fue a vivir a Culiacán.
Ya en la capital sinaloense buscó trabajo y terminó recorriendo las mesas de la cantina Los Campos, localizada en la calle Juárez, cerca del Mercado Rafael Buelna.
Ahí su vida comenzó a encarrilarse, arrullada por el sopor de los calorones y los amigos que comenzó a hacer en su nuevo trabajo. Uno de ellos fue José Alfredo Áreas, un cliente asiduo a la cantina que comenzó a seguir su olor, hasta convertirse en su amigo.
Tal vez su vida hubiera seguido derecho, pero a su antiguo esposo se le ocurrió viajar a Culiacán a buscarla. Después de los primeros encuentros terminó convenciéndola de que le hiciera un campito en la cama y el matrimonio volvió a consumarse.
Amalia aceptó regresar con Gilberto Morán Palomares, incluso fundaron un nuevo hogar en la Colonia 22 de diciembre, pero se negó a dejar su trabajo en al cantina.
Gilberto aceptó el trato, pero en poco tiempo se dio cuenta que José Alfredo visitaba demasiado la cantina y se fijaba mucho en Amalia.
La noche del 1 de julio de 1995, aprovechando que su mujer no trabajaba, Gilberto se presentó en la cantina y se las ingenió para invitar unas cervezas a José Alfredo, quien aparentemente no lo conocía.
Como no hay quien le corra a unas cervezas gratis, José Alfredo no solo aceptó, también lo acompañó a seguir la fiesta fuera de la cantina y terminaron ebrios, y en la madrugada, en la casa de Gilberto y Amalia.
Ya en la casa, Gilberto reclamó a José Alfredo su interés por Amalia, quien no se encontraba en la casa, el reclamo llegó a las manos y terminaron enfrascados en una pelea a muerte.
Gilberto se llevó la peor parte y mientras sufría sus heridas en el suelo, José Alfredo se retiró.
Amalia alcanzó a Gilberto agonizando, pero no pudo impedir que muriera en un hospital y nunca supo quién había atacado a su esposo.
Con la intención de olvidar, Amalia regresó a Ensenada, hasta donde la fue a seguir José Alfredo, quien terminó convenciéndola de que se unieran y finalmente vivieron en unión libre.
La vida de Amalia parecía volver a ese aburrimiento cotidiano que la mayoría confunde con la felicidad, cuando en una parranda José Alfredo decide contarle a un desconocido cómo había matado a golpes a un cristiano.
Resultó que su compañero de tomada era hermano del difunto Gilberto Morán Palomares.
Ayer, agentes de la Unidad Especializada en Aprehensiones trasladaron a José Alfredo al penal de Culiacán, después de completar un rompecabezas que tenía 15 años incompleto porque les faltaba una pieza.
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Casada con Gilberto Morán Palomares, pasaba sus días en Ensenada, Baja California, cuando la brisa del mar y los tacos de camarón comenzaron a perder su sabor a felicidad.
Amalia soportó las dificultades económicas y las discusiones, incluso aguantó malos tratos, pero cuando las discusiones terminaron dejando moretones en su cuerpo, abandonó a su marido, hizo maletas y se fue a vivir a Culiacán.
Ya en la capital sinaloense buscó trabajo y terminó recorriendo las mesas de la cantina Los Campos, localizada en la calle Juárez, cerca del Mercado Rafael Buelna.
Ahí su vida comenzó a encarrilarse, arrullada por el sopor de los calorones y los amigos que comenzó a hacer en su nuevo trabajo. Uno de ellos fue José Alfredo Áreas, un cliente asiduo a la cantina que comenzó a seguir su olor, hasta convertirse en su amigo.
Tal vez su vida hubiera seguido derecho, pero a su antiguo esposo se le ocurrió viajar a Culiacán a buscarla. Después de los primeros encuentros terminó convenciéndola de que le hiciera un campito en la cama y el matrimonio volvió a consumarse.
Amalia aceptó regresar con Gilberto Morán Palomares, incluso fundaron un nuevo hogar en la Colonia 22 de diciembre, pero se negó a dejar su trabajo en al cantina.
Gilberto aceptó el trato, pero en poco tiempo se dio cuenta que José Alfredo visitaba demasiado la cantina y se fijaba mucho en Amalia.
La noche del 1 de julio de 1995, aprovechando que su mujer no trabajaba, Gilberto se presentó en la cantina y se las ingenió para invitar unas cervezas a José Alfredo, quien aparentemente no lo conocía.
Como no hay quien le corra a unas cervezas gratis, José Alfredo no solo aceptó, también lo acompañó a seguir la fiesta fuera de la cantina y terminaron ebrios, y en la madrugada, en la casa de Gilberto y Amalia.
Ya en la casa, Gilberto reclamó a José Alfredo su interés por Amalia, quien no se encontraba en la casa, el reclamo llegó a las manos y terminaron enfrascados en una pelea a muerte.
Gilberto se llevó la peor parte y mientras sufría sus heridas en el suelo, José Alfredo se retiró.
Amalia alcanzó a Gilberto agonizando, pero no pudo impedir que muriera en un hospital y nunca supo quién había atacado a su esposo.
Con la intención de olvidar, Amalia regresó a Ensenada, hasta donde la fue a seguir José Alfredo, quien terminó convenciéndola de que se unieran y finalmente vivieron en unión libre.
La vida de Amalia parecía volver a ese aburrimiento cotidiano que la mayoría confunde con la felicidad, cuando en una parranda José Alfredo decide contarle a un desconocido cómo había matado a golpes a un cristiano.
Resultó que su compañero de tomada era hermano del difunto Gilberto Morán Palomares.
Ayer, agentes de la Unidad Especializada en Aprehensiones trasladaron a José Alfredo al penal de Culiacán, después de completar un rompecabezas que tenía 15 años incompleto porque les faltaba una pieza.
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